Nuestras emociones

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Querida amiga,

 ¿Le temes al miedo, luchas por no sentirte triste o intentas controlar tu rabia para que los demás no se den cuenta de lo que te pasa?

No eres la única, es un comportamiento inculcado en la infancia.

Las emociones son estados de ánimo transitorios producto de nuestra interacción con el medio. Son la forma más inmediata que tenemos de registrar lo que nos rodea, respuestas automáticas que reflejan el impacto y significación de nuestras percepciones. 

Las dividimos en positivas o negativas según si nos resultan agradables o desagradables. Socialmente hemos sido condicionadas para minimizar, o en el peor de los casos, condenar, la  expresión de estas últimas (miedo, rabia, tristeza o asco). Sin embargo, nos permiten adaptarnos al entorno de la forma más segura posible.

  Te lo pongo más claro.

Hagamos una comparación del curso de nuestra vida con el tránsito por una carretera. Podemos entender que son igual de válidas todas las señales: continúe en este sentido, transita usted por un lugar seguro o incendio a 500 metros. Estas informaciones nos facilitan una respuesta efectiva para lograr nuestro objetivo, llegar a nuestro destino preservando la vida. Si tuviéramos que quedarnos con sólo una, escogeríamos la que anuncia el peligro, ya que ofrece una información significativamente más valiosa.

Esto que resulta tan evidente en este ejemplo, nos cuesta verlo cuando se trata de nuestras emociones. Las emociones negativas, son como el aviso de incendio, nos indican que estamos frente a algo hiriente o posiblemente perjudicial. Por ejemplo, cuando en una experiencia previa hemos sentido vulnerados nuestros límites de forma repetida, y hemos preferido pasar página, el miedo a enfrentarnos a esa persona, puede hablarnos de una conducta protectora, que como mínimo debemos atender, y no, cómo solemos hacer,  utilizarla para culparnos. 

¿Por qué insistir entonces en ignorar esa emoción? ¿Por qué someter nuestro cuerpo al esfuerzo de ir contra lo instintivo, lo sano?  

Podemos poner muchas respuestas como excusa, pero siempre terminaríamos pagando el precio de no habernos escuchado. La energía necesaria para reprimir nuestra tristeza, frustración o miedo es restada de la disponible en el organismo para las funciones vitales. Es por esto que uno de los primeros signos de colapso es la sensación de agotamiento físico y mental

La inhibición de la respuesta instintiva, sólo logra controlar nuestros actos voluntarios, es decir, podemos reprimir los deseos de gritar, llorar o correr, pero no podemos controlar los latidos de nuestro corazón o el ritmo de nuestra respiración. Estas funciones están controladas por una parte de nuestro sistema nervioso llamada Sistema Nervioso Autónomo (SNA), que se activa al recibir una señal de alarma del entorno y nos prepara para luchar o huir. El SNA crea un estado de emergencia que afecta a todo nuestro organismo y funciona de forma eficiente durante escasos minutos. Es por esto que necesita  una señal de apagado temprana, que viene de percibir que el peligro ha desaparecido. La ausencia de este mensaje crea un estado de alerta prolongado, que conduce a una pérdida gradual de la salud y puede ocasionar síntomas de ansiedad y depresión.

Es importante por ello, que nos veamos y aceptemos en toda nuestra complejidad. Somos  nuestro cuerpo físico, y también el componente emocional, mental y energético que lo acompaña. La invalidación de cualquiera de ellos, conlleva a una sobrecarga del resto y a un deterioro de las funciones vitales.

¿Cómo es que llegamos a esto?

Durante mucho tiempo, no hacerles espacio en nuestra vida a estas señales de alerta, ha sido sinónimo de fortaleza, resiliencia y liderazgo. No dejarnos sentir tristes, vulnerables, con miedo o rabia era visto como una señal de valor.

Esta mirada que enaltece nuestra parte más mental, racional y masculina, si bien en determinadas circunstancias puede ser útil, cuando se usa indiscriminadamente no nos ofrece las mismas ventajas.  Hemos visto la repercusión negativa que tiene para nosotros ignorar nuestra emocionalidad, vulnerabilidad y la parte más instintiva. Es importante reconocer que el bienestar reside en el equilibrio. 

¿Entonces  qué  podemos hacer?

Podemos hacernos conscientes de nuestro funcionamiento, de nuestros automatismos y de la armadura construida para reprimir una parte esencial de quienes somos.  Abriéndonos a nuestras emociones, aceptándolas y validándolas, encontramos un camino que nos guía a una mayor satisfacción de nuestras necesidades.

Hoy te puedo decir, mirando hacia atrás en mi vida, que si hubiera llegado antes a esta  verdad, me habría ahorrado años de frustración y de intentos fallidos de cambiar a otros. En vez de centrar la atención fuera, hubiese visto la necesidad de asumir mi dolor en toda su magnitud para poder responsabilizarme del cambio que necesitaba.

 Si esto te ha sido útil y quieres iniciar un proceso  de autoconocimiento, de reencuentro contigo misma y crecimiento personal, ponte en contacto conmigo para ver si yo puedo acompañarte en este camino.

                                      Recibe mi cálido abrazo, 

Xochitl

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